viernes, 18 de noviembre de 2011

Un verano en Sanabria

Recuerdo que pasamos quince días en una casa perdida en medio del monte que hoy soy incapaz de evocar con claridad. Era oscura y estaba llena de arañas que mi madre exterminó cuando llegamos, lo que le agradecí mucho pues heredé su aracnofobia. Pero al día siguiente aparecían más, y así un día tras otro. Al final, nos resignamos a convivir con ellas y sus respectivas telarañas. No podíamos esperar de aquello el palacio de Buckingham y, al fin y al cabo, ellas ya llevaban mucho tiempo haciendo de las suyas por allí.

Estábamos todos: mis padres, mis dos hermanas y yo, desde entonces no recuerdo otras vacaciones con la familia al completo.

Con los días largos, nos levantábamos temprano y nos acostábamos tarde; siempre había muchas cosas que hacer: la más importante de todas, dar de comer a la gatería que rondaba los alrededores de la casa, se convirtió en mi primer contacto amistoso con estos pequeños felinos y desde entonces siempre me han fascinado. Comprábamos cantidades ingentes de leche y algo de comida para gatos en un pequeño supermercado que había en el pueblo. Todas las mañanas me levantaba y corría a coger unos cuantos platos a la cocina para servirles la comida a tan sofisticados huéspedes. El primer día vinieron dos o tres, después eran muchos más. Cada uno con sus particularidades pero todos iguales en su andar sigiloso y elegante, extremadamente pulcros y cuidadosos y dispuestos a alguna que otra caricia pero siempre alerta, al fin y al cabo, son felinos.

Pasábamos tardes largas en el lago de Sanabria. Mi hermana pequeña y yo jugábamos en la orilla mientras mi padre leía un libro y mi madre hablaba con mi otra hermana al sol. En mi mente lo recuerdo como un lugar idílico y puro, aunque seguramente no sea para tanto, ya se sabe que un niño todo lo magnifica. Nunca me ha entusiasmado la playa ni ponerme morena, sin embargo aquel lago me gustaba. Las horas se me pasaban volando mientras me bañaba en sus aguas limpias y transparentes, construía castillos de arena en la orilla y me peleaba con la pequeña de la casa.

También hacíamos senderismo, nos bañábamos en alguna que otra cascada y montábamos en bici. Vivíamos unos maravillosos días en contacto con la naturaleza, desconectando de la ciudad, el tráfico, el estrés y la tecnología; apreciando lo bueno en lo simple, en las pequeñas cosas; disfrutando de la familia.

No puedo expresar con palabras lo que sentí cuando nos tuvimos que marchar. Por primera vez en la vida no me apetecía volver a la ciudad que tanto me gustaba, pero también he de reconocer que más que la naturaleza, me cautivaron aquellos gatos a los que había cogido un gran cariño y que sabía que nunca más volvería a ver. Aún hoy en día recuerdo con exactitud las caras y colores de los que eran mis preferidos y pienso en qué habrá sido de ellos, si habrán sobrevivido cazando ratones o si alguna buena persona se habrá preocupado por que estuvieran bien.

En estas vacaciones descubrí el gran amor que siento por los gatos, más bien mi obsesión. Me subí en el coche llorando y mi padre me prometió que “me lo compensaría”, quién me iba a decir que años después tendría uno como mascota.

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