domingo, 6 de noviembre de 2011

Mi profesor.

Me llamó la atención desde el primer momento, -este profe no es como los demás- pensé, y no me equivocaba. La primera clase que tuve con él fue por la tarde; era mi primer día en la carrera y estaba aún un poco perdida, no tenía muchas expectativas acerca de esa asignatura, y menos, a las 4 de la tarde, hora sagrada y reservada para la siesta. Me senté al fondo y poco después llegó él, con su sonrisa de oreja a oreja, vestido con camisa y chinos -él siempre tan elegante- y rebosando la energía y las ganas que a todos los allí presentes se nos habían esfumado con la siesta. Se puso de pie frente a nosotros y empezó a hablar, y ya desde el primer momento consiguió captar toda mi atención y mi interés, me cayó bien desde el principio.
Hizo una pregunta y mi respuesta le pareció acertada, se quedó con mi nombre. También le hizo gracia el piercing que tenía en el labio y lo utilizó como excusa para tomarme un poco el pelo, me pareció una persona entrañable, carismática y muy inteligente. En la Universidad harían falta muchos profesores como él.
Creó un twitter para la asignatura con la finalidad de mejorar la atención educativa y potenciar el buen uso y aplicabilidad de las redes sociales, lo que me pareció muy interesante, y empecé a seguirlo.
Por alguna extraña razón, yo también le impresioné, le gustó mi forma de escribir y de pensar, incluso la de gestionar mi cuenta de tumblr, y no tuvo ningún reparo en decírmelo. Era la primera vez que un profesor se fijaba en mí y en mis cualidades y me sentí bien, orgullosa de mí misma, aunque por otra parte, no me lo podía creer.
Él era periodista, y muy bueno, y pensaba que yo era una artista de nacimiento con una capacidad innata para contar historias...guau! me sacaba los colores....
Creía que podíamos hacer un gran trabajo juntos y me dejaba libros para comentarlos conmigo posteriormente, me pedía que le 'invitara' a cafés que luego pagaría él y se preocupaba por mi estado de ánimo. Consiguió que le cogiera cariño en muy poco tiempo. En dos meses con él había aprendido mucho más que en todo un año con cualquier otro. Reunía todas las cualidades que yo creía que debía poseer todo buen profesor: era cercano, agradable, se preocupaba por sus alumnos ya no solo en lo referente a su asignatura, y siempre estaba dispuesto a enseñarte a descubrir por ti mismo tus propios errores, a mostrártelo en vez de dejártelo desmenuzado y en bandeja.
Aunque todavía estoy muy lejos de ser una buena escritora, gracias a él he aprendido a saber mirar, a dejar mis prejuicios aparte, a escribir sin las rimas y repeticiones que tanto le chirrían, a que "a escribir se aprende por envidia" y que se lee "en silencio, y con un lápiz".
He omitido muchísimos detalles pero no me preocupa porque espero que, dentro de un tiempo, pueda volver a escribir otro texto sobre este crack, como yo lo llamo, mucho mejor que éste (lo que no creo que sea difícil).
Gracias por todo, Paco.

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