martes, 8 de mayo de 2012

Recuperando cosillas.

Hoy haciendo limpieza en el PC me he encontrado con una adaptación del famoso cuento de Andersen "El traje nuevo del emperador" que hicimos mi amiga Ana (http://aleteosyhuracanes.blogspot.com.es/), Sandra y yo en primer año de Educación Infantil. Ahora ya no estoy allí, hago Comunicación Audiovisual, lo que de verdad me gusta, pero al verlo he recordado todo lo que aprendí el año pasado y lo mucho que me enriquecí. No resultó un año perdido, en absoluto, y qué mejor recuerdo que éste:


El vestido nuevo de Chihiro.

Érase que se era un país del lejano oriente que, lejos de ser pequeño, tenía él solito el tamaño de un continente. En el país, había un reino. Y en todo reino, hay un palacio. En el palacio, una princesa; una muy presumida, una que olía a fresa.
Chihiro, que así se llamaba, siempre pedía y pedía, pero por más que compraba y compraba, su apetito nunca se satisfacía. Su padre, Emperador de Oriente, harto de su comportamiento, decidió que ya era hora de que alguien acabara con tanto cuento. Optó finalmente por regalarle un Hada, pensando para sus adentros... “ Quizás la lleve por la dirección acertada”.
- ¡ Espero que con ella aprendas a valorar lo que te han dado, a prestar atención a tu reino, y a no envidiar al de al lado!
Cuando el Hada Madrina llegó, llamó a la puerta de palacio, pero nadie le contestó. Y es que en todo el reino sólo se oía la voz de Chihiro chillar:
- ¡ Traedme joyas! ¡Traedme abrigos! ¡Traedme los mejores vestidos!
Subiendo las escaleras, no encontró a quién preguntar, y en cambio siempre se oía la voz de Chihiro chillar:
- ¡ Traedme joyas! ¡Traedme abrigos! ¡Traedme los mejores vestidos!
Cuando en los aposentos de la joven princesa logró entrar, se encontró con mucho más de lo que nunca pudo imaginar. ¡Había montañas de peluches, muñecas saliendo de los cajones; vestidos, cientos de espejos y videojuegos a montones!
- ¡ Pero qué es este griterío! ¡ A que viene tanto alboroto! ¡ Parece que por aquí haya pasado un terremoto!
La niña calló de pronto, mirola de frente a los ojos; pero apenas duró un momento, ya que en seguida volvió el concierto:
- ¡ Traedme joyas! ¡Traedme abrigos! ¡Traedme los mejores vestidos!
- ¡ Olvídate ya de las joyas! ¡ Deja en paz los vestidos! Es hora de hacer los deberes...¡ Pongámonos juntas al lío!
Chihiro, la malcriada, le hizo un par de aspavientos, y al verla tan disgustada, llegaron criados a cientos.
- No necesito hacer deberes, para eso tengo criados. Con ser bella y hermosa, lo tengo todo arreglado.
El hada madrina supo que no tenía otra opción, y decidió llamar a dos duendes amigos para darle una buena lección. Ellos, primero dudaron, pero después de explicarles el premio... sin pensarlo más, aceptaron.
Muy fashion los dos se vistieron, y en el palacio aparecieron. Cruzaron puertas y puertas, y al final tuvieron a la princesa cerca.
- De un país muy lejano venimos, a confeccionar para usted el mejor de los vestidos. Será un vestido mágico, aunque quizá para algunos su poder pueda resultar trágico: visible sólo para aquellos más listos y guapos, quienes no lo vean ¡serán considerados sapos!. Si entiendes de moda, no dejes pasar la ocasión, ya que con este vestido, ¡causarás sensación!
Al oír esto, la pequeña princesa de gozo y satisfacción se llenó y ordenó que hubiera para ellos siempre, de todo, lo mejor.
El tiempo lento pasaba, y nuestra princesita se desesperaba. Harta de esperar y esperar, mandó a su amiga Ministra llamar:
- A visitar a los sastres irás, y su trabajo revisarás.
La Ministra sus órdenes obedeció; montó en su blanco corcel y estuvo frente a los sastres en lo que tardas en decir “pincel”. Los sastres hacían que hacían que cosían, que cortaban y que medían, y aunque ella se frotó los ojos una vez, y dos, y tres, nada les veía tejer.
Acudió a palacio y las malas noticias a la pequeña Chihiro entregó; quien, por no creérselo, no sólo la despidió, sino que a otro emisario, su hermano, en este caso llamó.
- A visitar a los sastres irás, y su trabajo revisarás.
Su Consejero y hermano sus órdenes obedeció; montó en su tordo corcel y estuvo frente a los sastres en lo que tardas en pintar un cien. Los sastres hacían que hacían que cosían, que cortaban y que medían, y aunque él se frotó los ojos una vez, y dos, y tres, nada les veía tejer.
Acudió a palacio y las malas noticias a su pequeña hermana entregó; quien, por no creérselo, no sólo le despidió, sino que hacia otro emisario, entendido en moda, en este caso se dirigió.
- A visitar a los sastres irás, y su trabajo revisarás.
El asesor de moda sus órdenes obedeció; y en su flamante limusina raudo y veloz llegó. Los sastres hacían que hacían que cosían, que cortaban y que medían, y aunque él se frotó los ojos una vez, y dos, y tres, nada les veía tejer.
Acudió a palacio celoso y enfadado, y por miedo a las represalias, prefirió permanecer callado:
- ¡La ministra y el consejero equivocados estaban! ¡ El mejor vestido ese par de genios hilaban!
En esta respuesta la niña encontró la opinión que buscaba, y con satisfacción esperó el tiempo que faltaba.
Una vez que el vestido estuvo terminado, se presentaron en palacio los duendes, y su obra le mostraron. Los sastres hacían que hacían que doblaban, que mostraban y que movían, y aunque ella se frotó los ojos una vez, y dos, y tres, nada les veía hacer. Pero por miedo a quedar ella de tonta, fea y a que quizás la llamaran rana; la pequeña princesa prefirió permanecer callada.
- Encantador y excelente me parece este vestido, ¡convocaré un desfile real al que vendrá hasta mi primo!
La vistieron, la peinaron, y todo lo prepararon, y aquella misma tarde a la calle se lanzaron. Todo el pueblo ansiaba ver el famoso traje, y en cuanto apareció la chiquilla desnuda, no sabían como disimular el ultraje. Entre el asombro y la risa se hallaban, sin saber como reaccionar, hasta que desde el fondo de la muchedumbre, se oyó a una voz infantil gritar:
- ¡ La princesa va desnuda! ¡ La princesa va en pelotas!
Llena de vergüenza y de ira, roja como un tomate, la princesa corrió a esconderse, sin pensar, detrás de un paje. Al borde del llanto y rabiosa, en el palacio se refugió, donde encontró al hada madrina que, con una sonrisa, le explicó:
- Espero que hayas aprendido sobre las pequeñas cosas: que no todo es “yo tengo” y “quiero”, y en poseer no está la clave. Está en tener amigos que, sinceros, te acompañen; que no te adulen y mientan por miedo a una buena bronca, que estén a tu lado siempre, seas guapa o tengas poco, cantes o tengas mocos.
Tras esta dura lección, la princesa, por fin, aprendió. Y qué decir tiene que todo en su vida... cambió.

Me apetecía compartirlo con vosotros y aquí está, si consigo recuperar el vídeo de la obra de teatro que representamos...también lo compartiré.
Saludos y siento haber estado tan desaparecida! 

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