martes, 28 de febrero de 2012

Sin título...de momento.


Gonzalo era un chico risueño y un poco despistado. Le gustaba mucho la música y siempre iba acompañado de su viejo iPod y de aquellos cascos que le había regalado por su vigésimo cumpleaños. Era el clásico bohemio, feliz con lo que tenía y que tampoco necesitaba de mucho más; apasionado del arte, disfrutaba con cada pequeña exposición que llegara a la ciudad o con observar los carteles publicitarios que empapelaban las calles y los viejos muros.
Por supuesto, no había un concierto al que se permitiera faltar. Fuera de rock, de pop, de folk, jazz o blues, incluso de música clásica, allí estaba él, de pie o sentado, analizándolo todo. Me gustaba observarlo y divertirme con su expresión seria y sus ojos escrutadores. Imaginaba qué estaría pasando por su cabeza...”esa guitarra está mal quintada” o, “el tío ese no tiene ni idea de tocar el bajo, qué forma más sucia de pulsar las cuerdas”.
Él también tenía un grupo en el que tocaba la guitarra. La recuerdo perfectamente, una bonita Fender Telecaster tipo vintage que había comprado con sus ahorros de la infancia y a la que cuidaba y mimaba como si fuera su primera hija. Pasaba horas ensayando y componiendo, para él nada era suficiente, siempre podía mejorarse. Este perfeccionismo suyo, solamente musical, pues en todo lo demás era muy descuidado, le llevó a él y a su pequeña banda de rock a dar un primer paso hacia la fama. Hicieron varias giras por salas de conciertos y garitos de barrio a lo largo del país, pero por suerte o por desgracia, no consiguieron ir más allá.
Era un enamorado de su ciudad, Madrid. Siempre lo decía, la amaba como un hijo ama a su madre, de forma incondicional e innata, y le costaba un mundo abandonarla, aunque sólo fuera por unos días. Cuántas veces habremos paseado juntos por las estrechas calles de Malasaña, parándonos en los pequeños y bizarros comercios y comprando chucherías en las tiendas de comestibles. Nos encantaba ese barrio y pasábamos muchas horas en él, pero de vez en cuando nos recorríamos la ciudad en una tarde. Nos calzábamos las zapatillas de deporte y nos abrigábamos bien en los meses de invierno, y allá nos íbamos, de Malasaña a Fuencarral, Gran Vía, Montera, Sol, Génova, Goya, Serrano, Alcalá...dejábamos que nuestros zapatos nos guiasen a través de la capital, y así íbamos descubriendo sitios nuevos, conciertos y exposiciones distintas. Nos encantaba Madrid, porque era imposible aburrirse. Siempre había algo que hacer.
Recuerdo a Gon, como yo lo llamaba, alto y delgado, con el pelo alborotado y la barba de dos días. Con sus inseparables gafas de pasta negras y su pitillo de liar en los labios. Recuerdo que siempre se vestía con lo primero que pillaba, unos vaqueros gastados y una sudadera de algún grupo famoso, no era muy amigo de las camisas y odiaba la gomina.
Era un chico sencillo en las apariencias, pero realmente enrevesado en profundidad. A simple vista engañaba su aspecto de tipo duro con el que intentaba disimular su gran interior, y tan solo unos pocos afortunados conseguimos llegar hasta él.
Hoy es 20 de agosto, y como cada año me he acordado de él. Hoy cumpliría 43.

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