Gonzalo era un chico
risueño y un poco despistado. Le gustaba mucho la música y siempre
iba acompañado de su viejo iPod y de aquellos cascos que le había
regalado por su vigésimo cumpleaños. Era el clásico bohemio, feliz
con lo que tenía y que tampoco necesitaba de mucho más; apasionado
del arte, disfrutaba con cada pequeña exposición que llegara a la
ciudad o con observar los carteles publicitarios que empapelaban las
calles y los viejos muros.
Por supuesto, no había
un concierto al que se permitiera faltar. Fuera de rock, de pop, de
folk, jazz o blues, incluso de música clásica, allí estaba él, de
pie o sentado, analizándolo todo. Me gustaba observarlo y divertirme
con su expresión seria y sus ojos escrutadores. Imaginaba qué estaría pasando por su cabeza...”esa guitarra está mal quintada”
o, “el tío ese no tiene ni idea de tocar el bajo, qué
forma más sucia de pulsar las cuerdas”.
Él también tenía un
grupo en el que tocaba la guitarra. La recuerdo perfectamente, una
bonita Fender Telecaster tipo
vintage que había
comprado con sus ahorros de la infancia y a la que cuidaba y mimaba
como si fuera su primera hija. Pasaba horas ensayando y componiendo,
para él nada era suficiente, siempre podía mejorarse. Este
perfeccionismo suyo, solamente musical, pues en todo lo demás era
muy descuidado, le llevó a él y a su pequeña banda de rock a dar
un primer paso hacia la fama. Hicieron varias giras por salas de
conciertos y garitos
de barrio a lo largo del país, pero por suerte o por desgracia, no
consiguieron ir más allá.
Era
un enamorado de su ciudad, Madrid. Siempre lo decía, la amaba como
un hijo ama a su madre, de forma incondicional e innata, y le costaba
un mundo abandonarla, aunque sólo fuera por unos días. Cuántas
veces habremos paseado juntos por las estrechas calles de Malasaña,
parándonos en los pequeños y bizarros comercios y comprando
chucherías en las tiendas de comestibles. Nos encantaba ese barrio y
pasábamos muchas horas en él, pero de vez en cuando nos recorríamos
la ciudad en una tarde. Nos calzábamos las zapatillas de deporte y
nos abrigábamos bien en los meses de invierno, y allá nos íbamos,
de Malasaña a Fuencarral, Gran Vía, Montera, Sol, Génova, Goya,
Serrano, Alcalá...dejábamos que nuestros zapatos nos guiasen a
través de la capital, y así íbamos descubriendo sitios nuevos,
conciertos y exposiciones distintas. Nos encantaba Madrid, porque era
imposible aburrirse. Siempre había algo que hacer.
Recuerdo
a Gon, como yo lo llamaba, alto y delgado, con el pelo alborotado y
la barba de dos días. Con sus inseparables gafas de pasta negras y
su pitillo de liar en los labios. Recuerdo que siempre se vestía con
lo primero que pillaba, unos vaqueros gastados y una sudadera de
algún grupo famoso, no era muy amigo de las camisas y odiaba la
gomina.
Era
un chico sencillo en las apariencias, pero realmente enrevesado en
profundidad. A simple vista engañaba su aspecto de tipo duro con el
que intentaba disimular su gran interior, y tan solo unos pocos
afortunados conseguimos llegar hasta él.
Hoy
es 20 de agosto, y como cada año me he acordado de él. Hoy
cumpliría 43.
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