martes, 6 de diciembre de 2011

Una tarde de domingo

Era una tarde de domingo como otra cualquiera. Mi madre, mi hermana mayor y yo habíamos decidido ir a dar un paseo. Salimos de casa con calma, contagiadas de esa tranquilidad tan de domingo, charlando de asuntos sin mucha importancia. Fuimos andando por las calles viejas y estrechas de Monte Alto con intención de bajar hasta el centro, pero al llegar a la Calle de La Torre tuvimos que detenernos. Esta calle, habitualmente de tránsito de coches, de personas que caminan con prisa o esperan el autobús, rebosaba de gente. Parecían alarmados, había coches de policía, fotógrafos y cámaras de prensa y televisión, estaba claro que allí había ocurrido algo, seguramente algún suceso morboso. Mi madre insistió en que nos quedásemos, pues quería enterarse de lo que había ocurrido. En mis pensamientos lo veía claro: un robo, una pelea…pero nada distaba más de la realidad.

La gente se agrupaba en corrillos de cuchicheos y suposiciones. Había señores mayores y hombres desaliñados que fumaban sus pitillos y apuraban los últimos tragos a sus cervezas en las puertas de los bares. En la parada de taxis la escena era similar, la mayoría de los taxistas habían salido de sus coches y se agrupaban frente al primero, algunos, la minoría, permanecían dentro de los suyos, fumando o leyendo el periódico. Las señoras mayores habían salido de sus respectivos hogares para formar parte de todo aquel revuelo y así tener algo de lo que hablar luego con sus colegas. Cuchicheaban entre ellas y ponían constantes caras de asombro y desaprobación, sobre todo cuando miraban de reojo a un grupo de gitanas vestidas de luto que estaban a nuestro lado; dos de ellas apoyadas en un cajero, el resto en un portal contiguo. Trataban de enterarse de todos los detalles mientras echaban un ojo de vez en cuando a sus hijos. Una, que parecía ser la mayor, le dijo a mi hermana que un hombre había pegado a su mujer y había matado a golpes a sus hijos y muy indignada sentenciaba: “Ese hombre no se merece vivir, yo lo mataba como ha hecho él con esos pobres niños”. Me resulta difícil describir la sensación que me inundó en ese momento. Se me hizo un nudo en la garganta y tuve que tragar saliva unas cuantas veces. Sentía una mezcla de horror por lo sucedido y repulsión hacia aquel hombre que no conocía, pero también hacia todos aquellos que observaban impasibles y comentaban los hechos con total frivolidad. Nos quedamos heladas, no podíamos comprender por qué un hombre había sido capaz de hacer algo así a unos metros de nuestra casa, mientras nosotros comíamos tranquilamente y charlábamos en el salón.

Nuestro paseo ya no fue igual de tranquilo que el que habíamos planeado antes de salir de casa, pese a que más tarde me enteré de la noticia real, sin las falsas matizaciones que allí se aportaban. Aún así, por más que lo intentamos no fuimos capaces de alejar aquella catástrofe de nuestros pensamientos ni un solo momento. Gracias a Dios, algo así no sucede todos los días y ya se sabe que todo nos afecta más cuando ocurre cerca de casa.

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